27.2.07

¡Eh, Sabina!


Fue el 24 de diciembre de 1988 cuando escuché por primera vez a Joaquín Sabina. Recién había terminado el semestre en la universidad y no tenía ganas de celebrar la navidad ni nada por el estilo. En las últimas noches me había desvelado bastante para terminar los trabajos finales.

Tirado en la cama, escuchaba la radio cuando en ese momento programaron la canción “Así estoy yo sin ti”. Fue como si un terremoto me hubiera sacudido mientras escuchaba la melodía. Porque no todos los días uno se topa con un fulano que dice que se siente extraño como un pato en el Manzanares, torpe como un suicida sin vocación. Y más tarde, un golpe al mentón cuando Sabina dice se siente errante como un taxi por el desierto, quemado como el cielo de Chernobil, solo como un poeta en el aeropuerto.

Recuerdo que subí el volumen a la radio. Me quedé como un zombi hasta que terminó la canción. Escribí el nombre del cantautor en un papel: “Julio Sabina”. ¡Uh! Es que no había puesto atención a la locutora al inicio. Luego copié la letra, poco a poco, cada vez que programaban la canción en la emisora. Había un montón de palabras y expresiones que no entendía. Claro, españolismos. Pero no importaba.

En marzo de 1995 (Guatemala) y febrero de 2000 (San Salvador) tuve la oportunidad de ver y escuchar a Sabina en concierto. Y aunque ya su voz había perdido mucha de su potencia y claridad cuando vino a la Tierra de collares, eso no le importó a los miles de incondicionales que llegamos a cantar con él aquella historia de que en la posada del fracaso donde no hay consuelo ni ascensor el desamparo y la humedad comparten colchón. ¿Cómo podíamos desperdiciar esa ocasión en la que el tren que viajaba durante 19 días y 500 noches hacía una estación en nuestra casa?

Después del concierto Beatriz Alcaine, la administradora del bar La Luna, mencionó que había invitado a Sabina a que le hiciera una visita a su local. Por eso, con muchos de mis amigos, llegamos a la embajada selenita en San Salvador. Esperamos quizá unos quince minutos, y entonces lo vimos entrar. Se quedó con su novia y sus músicos hasta las siete u ocho de la mañana. Nosotros sólo aguantamos hasta las seis. No lo molestamos. Lo vimos desde lejos, y le aplaudimos cuando subió al escenario a cantar con Panchito Varona la canción que yo había esperado en el concierto, pero que se reservó para la madrugada: “Y si amanece por fin, y el sol incendia el capó de los coches…”

5 comentarios:

Ixquic* dijo...

yo tambien estuve alli fiel en el 2000, tambien estuve en la estación del tren!. Ayyy Sabina, Sabina.

Arbolario dijo...

Ese famoso tren que, como lo explicaba uno de los músicos, llevaba destino a ninguna parte.

¡Maravilloso concierto!

Aniuxa dijo...

Yo también estuve y con mis 16 años y sin saber más que dos canciones... qué vergonzoso... hoy lo hubiera disfrutado tanto!

Sabina rulz!

Arbolario dijo...

Aniuxa:

Algunas veces vivo
y otras veces
la vida se me va con lo que escribo.
Algunas veces busco un adjetivo
inspirado y posesivo
que te arañe el corazón.
Luego arrojo mi mensaje,
se lo lleva de equipaje
una botella... al mar de tu incomprensión.
No quiero hacerte chantaje,
sólo quiero regalarte una canción.

blackman dijo...

pos creo que mas de los que se imginan andabana por ahi... jejeje
yo no lo descubrí, me lo presentaron, fue mi hermano, en uno de esos dias de a todo rock en español en la super estereo, fue pacto entre caballeros, las demas fueron llegando poco a poco, y tantos años despues y ninguna se ha ido...