6.10.05

Trenes

Comparto con ustedes dos fragmentos de la novela Trenes, de Miguel Ángel Espino. Publicada por primera vez en Chile, en 1940, es una de los trabajos más interesantes de este escritor nacional.


Odio los trenes. No sé que hayan hecho alguna vez un favor positivo a la humanidad, como no sea el de ensuciar las montañas con su aliento de bronce. Cosen el dolor de las ciudades, han hecho internacional la pena, traen secretos de crimen y los deslizan en el oído de las aldeas. Una viejecita murió una vez en la estación de mi pueblo. Regresaba a su tierra distante. El tren se retardó. Cuando la sacudieron, ella viajaba sobre la paz. El humo repartió esquelas negras, que la brisa metió en las ventanas del pueblo.

Sí. Odio los trenes. Me dan la espantosa sensación de un ladrón de hierro.

Parece a ratos que por su ventanilla vamos viendo recuerdos de una mujer perdida. la vamos encontrado por golpes, por ráfagas, por tonos. Pero los ojos saben que retorna huraña, esquiva. Regresa muerta. La ventanilla analiza su iris, explora, registra la perspectiva. Está disecada. Los frenos rezan una letanía pagana. El tren nos devuelve los retazos de una pasión.

Cantan los trenes. Pero sus sílabas oscuras me dejan el el pecho una gitana pereza.

(...)

Es mentira que los pueblos caminan, que los amores mueren y que las sombras huyen. ¿Es mentira?

Los pueblos están, como suspiros de barro, agachados bajo el sombrero del viento, bostezando su invierno.

Están fumando su tedio, cantando sus canas, labrando sus profecías de sol.
Apenas si la aurora los tortura con sus plantas de rosa cuando pasa encendiendo llamitas de miel en la flor.

Abril se echa sobre los tejados como un can dorado que viene huyendo del horizonte.

El polvo es la fórmula dormida del tiempo. Octubre barre. Pero tiene prisa y barre mal.

Sólo se oye el corazón de la torre roncando minutos y bordando margaritas desteñidas con las agujas viejas, en el pañuelo desamorado de la noche.

Cuando pasa el circo de diciembre se derrochan las risas ahorradas en el corazón.

Y cuando suena la marimba del aguacero tecleando locuras, en cada esquina bailan las basuras y las penas.

La muerte ha olvidado su tambor en la ceiba de la entrada, y ha tenido que pensar en un traje de zaraza con flores.

Así era y así es el pueblo de Pantaleón, detenido a media cuesta, sobre la espalda del paisaje, como si se le hubieran cansado las casas que venía pastoreando el sol.

Cuando subí, yo también tuve la sensación de una mano azul que me apretaba las venas, y fui como las casas, como las canas y como las guitarras.

2 comentarios:

enilson dijo...

hola me gustaria agradecerte porque a travez de estos fragmentos he podido desarrollar una tarea de la universidad considero que deberias seguir publicando fragmentos de las otras obras de miguel angel espino, pues son de mucha ayuda para nosotros los que estudiamos te agradezco de antemao

Rosamaria dijo...

Gracias por estos fragmentos de TRENES, novela que lei alla por 1975 y me encanto y aun se de memoria algunos de esos fragmentos que estan aca escritos, GRACIAS!!