27.4.09

La vida loca


Hace unos días una buena amiga me dijo que se iba a proyectar el documental llamado La vida loca en el Museo de antropología. Me sugirió que llegara temprano pues había muchas personas interesadas en verlo. Tenía razón. Al momento de entrar la cola era muy larga. Es algo que no sucede muy a menudo cuando se trata de una actividad cultural en el país.

Christian Poveda, el director del proyecto, obtuvo el permiso tanto de la policía como de la Mara 18 (una de las dos grandes pandillas en el país) para filmar durante dieciséis meses en La Campanera, uno de los barrios más peligrosos del área metropolitana. De acuerdo con Poveda, él buscaba retratar no la violencia que se desprende de este grupo, sino la vida diaria de sus integrantes.

El relato es perturbador. Si yo condujera desde mi casa hasta esa zona no me tardaría en llegar más de cuarenta minutos. Pero la diferencia en las condiciones de vida entre ambos sitios es gigantesca. Cuesta creer que vivimos en el mismo país. He visto en muchas ocasiones a los pandilleros de distintos grupos, pero este documental muestra otra faceta que ni siquiera había imaginado.

¿Cómo imaginar que en el velorio de uno de los muchos muertos de esa guerra sin pausa entre las dos grandes pandillas se efectúa un rito de despedida tan elaborado? Los compañeros del fallecido rodean el féretro y repiten una oración en la que hacen invocaciones a la amistad y, por supuesto, a la pandilla. Sus manos adoptan la forma de uno de los muchos símbolos que utilizan para identificarse como miembros de la 18. Y mientras tanto, más de uno jura venganza.

Las imágenes se suceden a gran velocidad: un organismo no gubernamental instala una panadería en la zona a fin de enseñarles a los muchachos un oficio para que abandonen la vida delincuencial. La policía, mientras tanto, suele arrestar a muchos de ellos por el hecho de verlos tatuados o en compañía de pandilleros reconocidos. Para colmo, uno de los miembros de la organización que dirige la panadería es condenado por homicidio. Unos meses después el proyecto se derrumba.

Una joven obtiene por primera vez su documento de identidad nacional. Siempre usa una cinta en la frente, pero para tomarse la foto del documento necesita quitársela. Así deja ver el tatuaje que la identifica con su pandilla. Sólo un complicado procedimiento médico la libraría de él, pero el lazo con sus compañeros es más difícil de disolver.

Luego de la proyección hubo una charla entre Poveda y el público. Me decepcionó que la mayoría de personas abandonara la sala sin escuchar lo que se mencionó ahí. No faltó quien se lamentara de la acción delincuencial de las pandillas, quien denunciara las extorsiones que ha sufrido, y quien propusiera algunas soluciones. El director dijo que él veía sólo un camino: el diálogo entre ambos grupos, con el propósito de detener esa violencia que los desangra. Luego entrarían en efecto los planes preventivos que el nuevo gobierno ha anunciado. Y no faltó quien creyera que esa propuesta no tendrá ningún efecto.

El tema es complejo. Jamás en nuestra historia habíamos padecido un problema de esta naturaleza. Poveda mencionó también -con mucho tino, en mi opinión- que un asunto tan difícil necesita del apoyo de la sociedad entera. Las causas son tanto estructurales como coyunturales, y las soluciones no las tiene una sola persona.

Si están interesados en ver este documental, se han programado funciones adicionales en el Museo de antropología para el 8 y 9 de mayo. Habrá dos proyecciones cada día. Existe la posibilidad de que también se realicen presentaciones en otras ciudades, pero aún no se ha confirmado. Manténganse atentos a los comunicados de Concultura.

1 comentario:

Loida Pineda dijo...

Hey que bueno que viste el documental. Yo pasé varios días bien afectada por lo que vi. También sentí un abismo bien grande entre mi barrio y el de ellos, jejeje. Creo que coincidimos en algunas cosas. Yo escribí un post sobre esto:
http://gatoporletra.blogspot.com/2008/11/la-vida-loca.html
Cuidate.
Loida