27.11.06

La creación de un nuevo día.



El día del ascenso fue bastante duro. Comenzamos a caminar después del mediodía. Las primeras cuestas fueron largas, aunque no pronunciadas. No se sentía mucho calor. De hecho, desapareció rápidamente a medida que subíamos.

A las dos horas de camino me sentí mal. La altura estaba haciendo su efecto. No conseguía respirar bien, no obtenía el suficiente oxígeno. Las pendientes se volvieron pronunciadas. La llegada al punto de reunión, justo a la mitad del viaje, fue bastante sufrida. Me tiré al suelo, muy cansado. Me rehidraté y comí poco: barras de fibra y frutas secas.

Luego de este descanso sentí que me habían cambiado el motor. Muy decidido, tomé mi carga y subí con mejores fuerzas. Cada cierto tramo descansaba para recuperar el aliento. El oxígeno a más de 3000 metros es escaso. Las piernas responden al esfuerzo, pero con mayor lentitud. Luego de dos o tres minutos de reposo la caminata debía proseguir.

Llegué al campamento casi cuatro horas y media después de comenzar la caminata. Los más fuertes se adelantaron para levantar la tienda de campaña y preparar una fogata. Mis respetos para el guía, que subió muy tranquilo con el equipo de campamento a sus espaldas.

Por la noche tuvimos temperaturas menores a los diez grados. No sufrimos la helada terrible que había pronosticado el servicio meteorológico. Sin embargo, nos mantuvimos cerca de la fogata porque los pies se congelaban con facilidad. El chocolate caliente que bebimos nos supo mejor que nunca. Y para cobijar la conversación no pudimos tener mejor música de fondo: Pink Floyd y su disco Dark side of the moon.

Al día siguiente, antes del amanecer, nos levantamos para preparar el ascenso final. La temperatura era de tres grados centígrados. Subimos por una pendiente muy pronunciada, alumbrando el camino con nuestras lámparas. Llevamos varios abrigos, guantes, gorras y bufandas. El esfuerzo fue grande. Nos cansábamos muy rápido. Teníamos que reposar, y en esos momentos era posible observar a lo lejos, en el horizonte, el ascenso del nuevo día.

En la cumbre soplaba un viento muy fuerte. Pero no importaba. Ante nuestros ojos se dibujaba un espectáculo asombroso: los volcanes vecinos, las cadenas de montañas, el océano de nubes que cubría las partes bajas y el cielo que se volvía más claro a cada segundo. Por fin, en dirección al oriente, apareció el sol.

Me gustaría que todos tuviéramos la oportunidad de observar, al menos una vez en la vida, un amanecer desde lo alto de una montaña. No puedo describir con justicia la sensación de euforia que disfrutamos en ese instante. El mundo era nuevo. El sol nos lo estaba obsequiando.

4 comentarios:

Marina dijo...

Estoy segura que así fue, pero decribís la experiencia de una forma tan linda que realmente le dan a uno ganas de agarrar sus botas y subir el primer volcán que tengás cerca...

Arbolario dijo...

Sólo tuve que recordar los momentos más bellos y los más duros del viaje. Las palabras salieros por sí solitas.

soysalvadoreno dijo...

Recuerdo que a Heidi le extasabia mas el atardecer que el amanecer en sus montañas.

Tendriamos que seguir tu recomendacion para saber exactamente que sensacion es la mejor.

Saludos

Arbolario dijo...

Difícil elección, en verdad. Me quedo con las dos.