15.8.06

La casa de las bellas durmientes


Cuando Gabriel García Márquez publicó el libro Memoria de mis putas tristes tenía en mente hacer un homenaje a uno de los más finos escritores del siglo XX: el japonés Yasunari Kawabata, premio Nobel de literatura de 1968. Gracias a este homenaje el libro La casa de las bellas durmientes y Kawabata han cobrado nueva vigencia.

Este libro es una de las más exquisitas piezas literarias que he leído. Como si fuera un pintor que elabora un complejo retrato, Kawabata nos va mostrando el encuentro del viejo Eguchi con una casa donde los ancianos pagan por dormir con una joven que ha sido narcotizada. Cada vez que Eguchi llega a este lugar, la administradora le asigna una joven diferente. Ella no recordará por la mañana a la persona que la ha acompañado.

Los ancianos no deben despertar a las mujeres, ni intentar una relación sexual con ellas. Las jóvenes están desnudas, y sus cuerpos bellos y firmes provocan en el viejo Eguchi un sinfín de evocaciones. Mujeres que había olvidado están de nuevo presentes en su memoria, hasta en los detalles más pequeños. El olor de los cuerpos, la forma de sus senos, la curvatura de sus caderas, todo influye para que Eguchi transforme sus noches en la casa en un repaso por un capítulo perdido de su vida.


Sus senos parecían bellamente redondeados. Un extraño pensamiento le asaltó: ¿por qué, entre todos los animales, en el largo curso del mundo, sólo los pechos de la hembra humana habían llegado a ser hermosos? ¿No era para gloria de la raza humana que los pechos femeninos hubiesen adquirido semejante belleza?


A lo largo del libro, y gracias a una excelente traducción, el estilo sutil y minucioso de Kawabata nos permite la complicidad con esa extraña casa, donde los ancianos no tienen que avergonzarse de sus cuerpos arruinados. La soledad, el deseo, la muerte, la belleza y la fealdad se asoman entre las sábanas de esas habitaciones singulares, donde una joven durmiente es contemplada por un viejo que no alcanza a comprender la magnitud de este último misterio.

6 comentarios:

Antares dijo...

Fijate que a primera impresión, la historia me pareció fascinante y hasta tierna (excepto lo de las mujeres drogadas), pero volteando la tortilla y pensando no en ancianos, sino en ancianas haciendo eso con hombres jóvenes mmmmmmmmm como que me pareció hasta repulsiva la imagen (y no es porque el cuerpo masculino no tenga belleza, por supuesto que la tiene) ¿me pasé de chiflada?

Al final, pienso que quizás en vez de andar buscando cuerpos jóvenes añorando épocas pasadas, preferiría estar al lado del cuerpo arrugadito, flácido y deforme de un viejito, pero al que mis arrugas y deformidades hayan aprendido a acoplarse con cariño a través de los años.

Pero hoy por hoy, sería bueno que me dejaran unos cuantos dormiditos (y no viejitos), digo, solo para apreciar de lo que me estoy perdiendo, jejeje.

Arbolario dijo...

El libro parece al principio que será pura ternura, pero cerca del final se descubre el lado retorcido de la situación. No obstante, la belleza de sus páginas no se pierde por este epílogo sorpresivo.

Aldebarán dijo...

Me parece que menciona un tema similar en alguno de los "Doce cuentos peregrinos". Lo buscaré y luego te cuento.

Arbolario dijo...

¿Será en el cuento "La santa"? Es uno de los mejores del libro, pero la niña no está dormida, sino que está muerta.

Aldebarán dijo...

Sigo sin hallarlo. Creo que es la de la mujer que viaja con él en el avión.

Arbolario dijo...

Ése es muy bueno. Tiene que estar en Doce cuentos peregrinos. Ahí el narrador dice que no imagina la nacionalidad de la mujer que viaja dormida a su lado. Le quiere decir algo bonito pero no sabe qué idioma habla la belleza.